El 7 de abril de 2010, el rey Juan Carlos I –aún no rey honorífico, y entonces en pleno ejercicio– voló a Suiza y se presentó en el despacho de su gestor particular de fondos, Arturo Fasana, para confiarle una maleta con 1,9 millones de dólares: la mordida que le tocaba al monarca como intermediario comisionista en el contrato del AVE español a La Meca. Un «regalo» del sultán de Baréin.
La información se ha publicado en varios periódicos europeos, diez años y un mes después de los hechos.
Leemos, y destaca, en aquella escena finolis de cosas de reyes, la sorpresa de que Su Majestad cargase él personalmente la maleta llena de dinero. Nada de criados ni lacayos: un rey, acarreando por sí mismo un peso ladrillesco de casi dos millones de dólares en fajos de billetes, y levantando a pulso una maleta agarrándola del asa. Ni siquiera había allí una comodidad: una carretilla, un transportín.
Diez años después, han cambiado mucho las cosas. Nuevo rey, nuevo gobierno, nuevos negocios y «la nueva normalidad».

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